Eva Cabello Rioja, Concejal de Educación y Participación Ciudadana
[ Artículo publicado en el número 14 de la revista, año 2021 ]
Habría que recordar a un gran científico: James Lovelock. Quizá hayáis oído hablar recientemente de él, porque, a sus 100 años, anunció que los robots, o más bien los androides (o ciberbog), dominarán el mundo a finales de éste siglo; pero podemos estar tranquilos, ya que, según vaticinaba, nos tolerarán, ya que les seremos útiles. Pero la teoría que más impacto causó de este famoso científico independiente, doctor honoris causa por ocho universidades, meteorólogo, químico atmosférico y ambientalista, es la “Hipótesis Gaia” que publicó en los años setenta.
Gaia, Tierra en griego antiguo, es una de las diosas que personificaba nuestro gran hogar, nuestro planeta. La teoría Gaia, una forma de entender el planeta, atrapa y anima a profundizar en ella cuando la conoces: la Tierra se comporta como un gran ser vivo. La vida en el planeta se inicia en unas condiciones que se van modificando gracias a los propios seres vivos. La Tierra, del mismo modo que un animal o planta, tiene la capacidad de generar sus propias condiciones para mantenerse viva y autorregularse, del mismo modo que un ser vivo regula sus constantes gracias a las interrelaciones entre los elementos que componen sus sistemas.
Por medio de esta teoría, comprendimos cómo el planeta, ante una grave agresión, responde autorregulándose, si es necesario prescindiendo de alguna especie; el planeta siempre alcanzará un nuevo equilibrio y sobrevivirá, aunque en este proceso de autorregulación puede que desaparezca el ser humano como especie. Minimizar la enfermedad, curar el planeta, es posible si comprendemos sus patologías, reaccionamos y actuamos, igual que haríamos frente a un enfermo al que debemos curar, pasando así de ser los seres humanos “patógenos” a “anticuerpos” del planeta, o si nos gusta más “enfermeros de la Tierra”.
En 2007 James Lovelock anunció que nuestro planeta estaba en estado terminal y que era urgente actuar. Nuestro paciente, dentro de su gravedad, en ocasiones puede sufrir crisis muy visibles, como inundaciones, tormentas, sequías y olas de calor. Según los expertos, este tipo de fenómenos pueden estar causado por la modificación de la circulación atmosférica que se origina como consecuencia del ascenso global de la temperatura a la que estamos sometiendo el planeta. Recordemos que la temperatura del planeta ha aumentado en el siglo XX aproximadamente 0,6 grados y el nivel del mar ha crecido entre 10 y 12 centímetros. Aunque nos dicen que es difícil demostrar la relación directa entre el cambio climático y efectos tan llamativos como la borrasca Filomena o la Dana, lo que sí es cierto, nos indican los científicos, es que estos fenómenos son cada vez más frecuentes. Gracias al casi generalizado consenso científico sobre el cambio climático, la conciencia es global, y se están tomando grandes medidas para reducir los gases de efecto invernadero que producen esta “fiebre” del planeta.
Como ocurre en medicina, lo mejor es prevenir. La ciencia lo denomina “principio de precaución”, y nos exige que se tomen medidas preventivas ante la incertidumbre científica que genera un problema ambiental. Este principio se ha ido afianzando, incluso en la política internacional y el sistema jurídico.
Pero las soluciones también están a nuestro alcance. Cada uno de nosotros podemos ayudar a nuestro gran enfermo. Ya sabemos cómo actuar en nuestra vida diaria para minimizar el cambio climático, conociendo ya todos innumerables consejos y principios para, por ejemplo, ahorrar recursos y energía. Pero hay unos enfermeros, cada vez más, que más bien parecerían pertenecer a los servicios de urgencia por su especial capacidad de reacción y arrojo. Lo pudimos comprobar tras los daños sufridos por el temporal Fimolema en todo nuestro territorio, aunque muy especialmente lo presenciamos en nuestra querida Aula de Educación Ambiental. Allí, como en muchas otras zonas verdes, los daños en el arbolado fueron numerosos; cuando todavía la nieve cubría la totalidad del Centro y los accesos eran casi imposibles, sin llamamiento previo y de manera espontánea, se personaron varios de nuestros voluntarios ambientales; accedieron a pie desde diferentes puntos del municipio para colaborar en las labores más urgente y en la cura de las innumerables heridas que la caída de las ramas, debido al peso de la nieve, se originaron sobre el arbolado.
Llevamos años, casi tres décadas fomentando, desde este Centro, los principios de la sostenibilidad y del cuidado de la Tierra. Un trabajo constante de conocimiento y fomento de valores entre los escolares, las familias, los adultos y los voluntarios; trabajando desde la acción y las emociones, procurando inculcar conocimiento, pero sobre todo valores humanos, valores proambientales (al fin y al cabo, coinciden). El altruismo, la proactividad, el automejoramiento, la resiliencia, el amor a lo vivo, la valoración de cada momento como único e irrepetible (algunos denominan a esto “unicidad”), son algunos de estos valores que nos impulsan a ayudar al medio ambiente. Lo que no sabíamos es que ya teníamos entre nosotros, entre nuestros vecinos, a tan grandes “aliados”.
La adversidad que supuso el temporal Filomena, también nos mostró que, como buenos médicos y enfermeros, estamos decididos a salvar nuestro planeta; damos lo mejor de nosotros por nuestro paciente, aunque incluso suponga un gran esfuerzo, pasar frío o incomodidades.
El Aula de Educación Ambiental está curada gracias al trabajo de jardineros y expertos, pero también gracias a nuestros vecinos; voluntarios que disfrutan del Centro cada día, pero que además están dispuestos a sacrificarse si es necesario. Y cada vez son más los grupos de escolares que se ofrecen a trabajar (aprendizaje-servicio) en los innumerables espacios y equipamientos que ofrece este espacio ambiental tan querido, pues ha sido creado y cuidado entre todos. Un aprendizaje que surge desde la acción y para la acción, desde la educación y para la educación. Es un interés mutuo mantener sano el planeta, pues como nos enseña James Lovelock, formamos parte de este enorme ser vivo, y nos interesa cuidarlo para que nos mantenga junto a él.
Nos es difícil evaluar los cambios que se han producido en la sociedad en estas últimas décadas de trabajo tras los innumerables esfuerzos realizados desde la educación ambiental en diferentes territorios: el temporal Filomena y otras muchas situaciones adversas, nos enseñan que el cambio más profundo, el que se debe producir en cada uno de nosotros, ya está aquí. James, el planeta puede que siga contando con nosotros.
